Tuesday, January 29, 2008

"EL ARBOL DE LA VIDA, LA ARAUCARIA"

Araucarias, árboles venerados por los pehuenches, grupo mapuche
habitante de la región de Neuquén, en la Patagonia Argentina
(foto página conganat.uniovi.es).

Leyenda Argentina de los Pehuenches "
A pesar de su vida seminómada, que lleva a sus hombres a apacentar las majadas en los prados de las altas cumbres durante el verano, los pehuenches siempre regresan a armar sus rukas al abrigo de los huahu para pasar los rigores de los crueles inviernos andinos. Y aquel año, tan lejos en el tiempo que los árboles caminaban y los animales aún hablaban con los hombres, las mujeres y la gente menuda de la tribu de Okorí, el aguilucho, se encontraban dedicados a preparar la bienvenida a los cazadores que bajaban de las montañas después de haber pasado allí muchas lunas, dedicados a la caza del huemul y del luán(guanaco), mientras las mujeres permanecían al cuidado de los hijos y las pertenencias. Como todas, la mujer de Likán espera a su hombre; su hijo mayor Okoirí, que ya es casi un kona, ha juntado con sus hermanos menores su último cesto de piñones y ahora espera ansioso el regreso de su padre, pues la próxima vez saldrá con él a bolear ñandúes y chulengos, como los bravos de verdad. Sus hermanas, junto con Aluhué, su madre, han hervido los piñones para ablandarlos y quitarles la piel, y preparado el muday (bedida de los pehuenches) con que los cazadores se refrescarán de sus largas jornadas en la montaña. Pero Likán se retrasa; todos los otros konas(guerreros) ya se encuentran entre sus familias, pero su padre no llega. Sus compañeros de cacería lo vieron por última vez en los pehuenales del Kuyum, persiguiendo un choike(ñandú), pero luego lo han perdido de vista. La madre presiente la tragedia; espera aún algunos días, recorriendo las laderas con la vista durante el día y aguzando el oído durante la noche, pero finalmente, con la primera nevada, llama a su hijo mayor y le pregunta:-Okorí, ¿recuerdas cuántos años has cumplido?-Sí, doce.-Por lo tanto, ya eres todo un kona y deberás hacerte cargo de una tarea difícil. Tu padre ha salido de caza y prometió volver hace ya más de tres lunas, pero las grandes nevadas están próximas y aún no ha regresado. Es valiente y fuerte, pero puede haber sido atacado por algún enemigo o haber caído bajo las garras del nahuel. Pero ahora eres el hombre de la familia y tu deber es salir a buscarlo, para ayudarlo en caso necesario. Saldrás mañana al amanecer y te dirigirás a los bosques del Kuyum. Aquí tienes provisiones para varias lunas; cúbrete con tu makuñ y lleva tu arco y tus flechas, por si fuera necesario. Consciente de sus nuevas responsabilidades, Okorí partió con los primeros rayos de Antü; atravesó los salitrales del bajo Yanki­hué y se encontró finalmente en los pehuenales del Kuyum, donde su padre había sido visto por última vez. Okorí tenía la fuerza y la resistencia de tres de sus compañeros de juego, pero la ansiedad y el esfuerzo lo fueron doblegando... La nieve caía ya en densos copos helados y la tormenta no parecía llevar miras de parar. El frío era intenso, despiadado, letal.-Papal... ¡chachai .. -clamaba el muchacho, tratando de detener el castañeteo de sus dientes. Ya casi no tenía fuerzas para llevarse a la boca el alimento que su madre le había preparado y sus piernas se negaban a sostenerlo. Sin embargo, en un último esfuerzo divisó, no lejos de él, un enorme pehuén, el árbol sagrado, al que todo viajero, mediante una ofrenda, puede solicitar ayuda cuando se encuentra perdido o en grave peligro. Pero, ¿qué podría ofrecer el pobre Okorí, en el estado en que se encontraba? Luchando contra la parálisis provocada por el frío, el joven se sacó trabajosamente los shumel(calzado), y los colgó de las ramas más bajas de la enorme araucaria. Inmediatamente se sintió renovado, como si el pehuén le hubiera insuflado sus inmensas ansias de vivir. De nuevo se levantó y caminó sin descanso, hasta divisar, ya cayendo la tarde, a un grupo de konas descansando alrededor de una vivificante hoguera en las que se asaban los restos de un choike. Se acercó rápidamente, esperando ansiosamente que su padre se encontrara entre ellos y, al no verlo, los saludo cortésmente. Los forasteros no contestaron a su saludo. Y Okorí advirtió que no se encontraba entre amigos. Dudó cuando lo invitaron a sentarse ante el fuego, pero la cortesía lo obligaba, y la tentación de calentarse un poco era demasiado grande para ignorarla. Sin embargo, enseguida se arrepintió de su prontitud para aceptar, pues los extraños se arrojaron sobre él, le amarraron los tobillos, le ataron las manos a la espalda y se alejaron de allí, llevándose sus armas y la chaihue donde traía su comida. Antú, el sol, ya se ponía y Trafuya, la noche, se acercaba con sus terrores y la helada amenaza del congelamiento. Okorí había escuchado demasiadas historias de la noche como para que no la invadiera un terror paralizante, como nunca había sentido en su vida. Las había escuchado de las mujeres que hablaban entre ellas, mientras trabajaban, de los hombres que nunca habían regresado de sus viajes, o se las había contado su padre cuando, de vuelta de alguna partida de caza, le enseñaba a armar sus lakai y sus propias armas y lo prevenía sobre los peligros que encontrarla cuando él mismo debiera internarse en los bosques. Sabía de la artera presencia de Kamlín, la nieve, que cae sibilina y silenciosa, y va ocultando y deformando las señales del camino, y adormece los miembros si uno permanece quieto demasiado tiempo. También había oído del relampagueante nahuel, rápido como una centella y mortífero como un puñal. Y supo que el temor que había sentido cuando oía las historias no era más que un juego de niños, rápidamente exorcizado por la presencia de su padre o su madre o, simplemente, por el brillo del fuego del hogar. Pero el miedo de ahora era otra clase: era el terror inconmensurable de saberse a punto de morir y que nada ni nadie podría evitarlo. Mientras tanto, la madre, que esperaba en la ruka el regreso de ambos, tuvouna visión aterradora: soñó que su esposo, Likán, había sido asesinado, y vio en sueños a su hijo, atado de pies y manos y abandonado sobre la gélida nieve. Entonces supo que se encontraba en un gravísimo peligro y que sólo ella podía salvarlo. Convencida de que ya nada podría hacer por su hombre, se cortó las largas trenzas renegridas, como hacen todas las mapuches en señal de duelo y, conteniendo los sollozos que pugnaban por brotar de su pecho, emprendió la búsqueda de su hijo, antes de que fuera demasiado tarde. Caminó largo tiempo a través del bosque de koíhues, llamando a veces a su esposo, otras a su hijo, con el corazón endurecido como una roca por la angustia y la desesperación. Así, mientras cruzaba un pequeño bosque, encontró primero el cadáver de su esposo, con una profunda herida en el costado y el querido rostro semienterrado en la nieve, sucio de sangre y de tierra. Sin siquiera tocarlo comprendió que ya no encontraría a Likán en aquellos despojos y, tomando el afilado cuchillo de piedra con que trabajaba las pieles, cortó dos mechones del resto de su negro pelo y, colocándolos sobre el pecho del muerto, retomó el camino en busca de su hijo. Entretanto, en el claro del bosque donde había pasado la noche encogido de hambre, de sed y de frío, Okorí, atenazado por el tenor, recobró algo de su confianza al ver aparecer la luz del sol, pero luego, al sentir sobre su cara los helados copos de nieve que volvían a arremolinarse sobre él, se sintió tan aterrado ante la proximidad de la muerte, que las pocas fuerzas que le quedaban estallaron en un grito desesperado, e imaginando que el pehuén en que había colgado sus shümel era como una madre que podía ayudarlo, comenzó a invocar su protección:-¡Ven y ayúdame, oh, pehuén! Y cerró los ojos, para no ver la temida imagen de Leflán, la muerte, cuando llegara en su busca. Sin embargo, volvió a abrirlos cuando sintió que los copos de nieve ya no caían sobre su cara y que Küréf, el viento, ya no se arremolinaba a su alrededor. Levantando la vista, contempló asombrado las ramas del pehuén, de su pehuén, que se había agitado y sacudido hasta desarraigar sus raíces de la tierra, y había caminado hasta él para no dejar sin respuesta su desgarradora demanda de ayuda. Luego, al llegar junto a Okorí, el pehuén extendió sus raíces a los lados del cuerpo del joven y sus ramas sobre él, proporcionándole así una verdadera cuna y la ruka más verde y más confortable que el niño pudiera desear. Poco tiempo más tarde llegó la madre, siguiendo las huellas de su hijo, que la cruel nevada iba haciendo desaparecer rápidamente. Al llegar al claro entre los colihues, pudo distinguir en las ramas bajas del pehuén el calzado de su hijo y, algo más allá, el cuerpo inanimado protegido por las raíces bienhechoras. Sin demora, desató sus ligaduras y lo reanimó, soplando su aliento sobre su rostro rígido y sus dedos agarrotados. Poco a poco, Okorí fue recobrando la conciencia, y poco después iniciaban el viaje de regreso, dejando sobre la nieve recién caída las huellas de sus pies descalzos, ya que la abnegada madre también había dejado sus shümel colgadas de las ramas bajas del árbol, como ofrenda por haber salvado a su hijo. Detrás de ellos, como un espíritu magnánimo y protector, el pehuén se deslizaba trabajosamente sobre sus raíces, y poco después madre e hijo llegaban hasta donde se encontraba el cadáver de Likán, quien había sido asesinado por los desconocidos para despojarlo de sus escasos enseres y armas. Allí recogieron el cuerpo y lo trasladaron hacia las proximidades de la ruka donde los siguió el solícito pehuén, prestándoles su protección contra el viento y la nieve que continuaba cayendo. Sólo al llegar a las afueras de la ruka, el árbol detuvo su marcha; la mujer depositó en tierra el cadáver de su hombre y el pehuén lo cubrió con sus raíces que, poco a poco, se fueron sumiendo con los restos en las entrañas de la tierra, hasta quedar de nuevo ferrameante aferradas a las rocas y a la tierra que le daba la vida. Alzando los ojos anegados en llanto, madre e hijo pudieron ver entonces al soberbio pehuén que elevaba sus ramas hacia el cielo como una muda peglaria a Nguenechén, el creador de todas las cosas. Y entonces, el pehuén sonrió... Sonrió como sólo pueden hacerlo los árboles: con su verdor, con sus flores, con sus flores, con sus frutos, con sus retoños. Y tanto Okorí como su madre reconocieron aquella sonrisa, la límpida expresión que sólo puede mostrar un ser que ha culminado satisfactoriamente una obra de amor al prójimo.Y desde ese día el lugar fue conocido como Neuque, nombre que posteriormente derivaría en Neuquén, sitio privilegiado donde el pehuén aún sigue creciendo, ofreciendo sus frutos y su a todo aquél que lo necesite, aunque no todos sean capaces de apreciarlos y agradecerlos. (*)

(*) Fuente: Cuentos, Mitos y Leyendas patagónicos, Ciudad de Buenos Aires, Ediciones Continente.

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